Tengo la habilidad de engañar tanto a mi cabeza como a mi corazón con una facilidad sorprendente.
Hoy, sin embargo, me salió bastante mal. Mientras te abrazaba, se me prendió un fuego en el pecho que no lo logra prender nadie. Evidentemente, fue la excepción a la regla.
Y te odio por eso.
ResponderEliminar"Pero sobre todo odio no poder odiarte, porque no te odio, ni siquiera un poco. Nada en absoluto."