
Quizá la única alternativa que me quede sea resignarme, dejar de volar con la imaginación, poner los pies sobre la tierra y dejar esa ilusión que yo misma intento hacer desaparecer (sin lograrlo) de que vas a volver a ser mío. Duele, es cierto, pero la verdad, por dura que sea, es mejor. Por mucho que te ame, pasaste de ser mi felicidad a mi martirio. Y aún así, te amo más que a nadie en este mundo.
Dejarte ir no es fácil, nada fácil... y cómo duele.

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